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11 ago. 2010

EL JUEZ ESPAñOL BALTASAR GARZON EN EL JUICIO CONTRA JORGE RAFAEL VIDELA Y OTROS TREINTA ACUSADOS

EL PAIS ›
  Una mirada que los represores no aguantaron
“Demostrarían un poco de dignidad escuchando los testimonios de quienes sufrieron”, dijo el juez luego de que los acusados se levantaran de la audiencia. Un coronel retirado, vinculado con Cecilia Pando, increpó al magistrado y a sus acompañantes y le pegó a un periodista.
 Por Nora Veiras
Apenas aterrizó en Córdoba, el juez español Baltasar Garzón se abrió paso presuroso, enfocó su teléfono celular y fotografió el amanecer. Es un primer recuerdo de un día inolvidable. “La Pando no está por acá, ¿no?”, chanceó en la combi que lo llevó junto al secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, a la audiencia del juicio por la represión ilegal en la Unidad Penitenciaria 1. Treinta y un militares y policías, encabezados por Jorge Rafael Videla y Luciano Benjamín Menéndez, acusados de torturas y asesinatos, no soportaron la mirada: apenas el presidente del tribunal, Jaime Díaz Gavier, les anunció su derecho a ausentarse, se retiraron en bloque. Fue un gesto inédito, premeditado. “Cargan malas vibraciones cuando desde la legalidad se los investiga, se pueden ir porque están legalmente representados. Demostrarían un poco de dignidad escuchando los testimonios de quienes sufrieron”, repitió Garzón al salir en el primer cuarto intermedio. Apenas lo vio, un pequeño grupo empezó a gritar “terroristas”. No estaba Cecilia Pando, pero sí su espíritu.
Con una bandera argentina como estola, Liliana Raffo, viuda de Horacio Fernández Cutiellos, quien murió durante el ataque al Regimiento de La Tablada en 1989, le empezó a gritar a Emilia Dambra, madre de Plaza de Mayo con tres hijos desaparecidos en La Perla y Campo de la Rivera.
–¡Vos sabés dónde están nuestros hijos! –la increpó Emilia mientras el eco de “terroristas” y “Garzón, ¿qué decís de la ETA?” intentaba tapar el clamor. En el medio, el coronel retirado Alberto Aprea, quien oficia de vocero de Menéndez, le pegó a un cronista al ver que una cámara lo enfocaba. Aprea integra la Unión de Promociones junto al general retirado Miguel Angel Giuliano y es uno de los sustentos del grupo de Pando. De inmediato, un grupo de Hijos rodeó a las Madres y el clásico “Como a los nazis les va a pasar/ a donde vayan los iremos a buscar” cerró el episodio que había hecho las delicias de la tele.

Congoja

En el recinto, Fernando Cuesta Garzón, defensor de Menéndez, había anticipado lo que preparaba la claque. “Quiero aclarar que no tengo parentesco con la persona aquí presente que lleva mi mismo apellido”, dijo. De inmediato, la hilera de represores decrépitos se retiró. Poco después, el abogado de las víctimas Claudio Orosz hizo un reconocimiento a “una visita que engalana la audiencia y que queda claro que no es pariente de Cuesta Garzón”. Un aplauso coronó la ironía y el presidente del tribunal llamó al orden.
El minucioso testimonio del abogado Enrique Mario Asbert, preso entre agosto del ’75 y septiembre del ’82, estremeció a la audiencia. El silencio fue ganando la sala y las lágrimas contenidas aparecieron en los rostros. El ahora diputado provincial por la Concertación Plural contó cómo lo habían detenido luego de decidir acompañar a Hugo Vaca Narvaja en la búsqueda del cuerpo de Horacio Ciriani, quien había sido asesinado en la D2. “El padre se puso un guardapolvo de médico y se metió en la morgue para reconocer el cadáver de su hijo. Frente a tamaña muestra de dignidad asumimos la defensa”, dijo Asbert y aseguró que cuando lograron que les entregaran el cuerpo, el padre hizo abrir el cajón y contrató a un fotógrafo para registrar las vejaciones. “Esas fotos están”, aseguró.
Empezaron a buscar a Vaca Narvaja, cuya familia empezaba a ser diezmada por la represión. Fue Asbert a una cita que resultó ser una “ratonera” y se convirtió en preso durante siete años. Lo torturaron en la D2 y dejó constancia cuando lo trasladaron a la UP1 ante el juez federal Adolfo Zamboni Ledesma.
–¿Pudo identificar a los torturadores? –le preguntó Díaz Gavier.
–No, porque tenía capucha y estaba esposado a la espalda. No permitían tomar agua. Recuerdo algunas frases, como la de una mujer, que me conmovió: “Este no coge más”, dijo. Se refería al estado de mis genitales. Lamentablemente no podría identificarla.
Asbert contó cómo después del golpe del 24 de marzo del ’76 el hostigamiento se transformó en suplicio. Las golpizas eran permanentes. Igualaban a todos, no había jerarquía de militancia al momento de humillar, la idea era quebrarlos, vulnerarlos.
“A Pablo Balustra lo golpearon en la cabeza el 29 de abril del ’76. Todavía escucho el chasquido en la cabeza de Pablo cuando lo golpearon y la forma en la que cae, desmadrado, desarticulado... Cae como un muñeco, queda tirado a dos metros de la celda, en el pasillo, y su mano derecha moviéndose... Todavía guardo la imagen de esos movimientos. Estuvo dos días tirado en una cama. Hablaba con la parte izquierda de su boca. A los dos días Pablito fue llevado a la enfermería.” Asbert se encontraría con él semanas después en una cama de la misma sala de auxilios.
En esos días fue detenido también Vaca Narvaja. Lo llevaron a torturar al Campo de la Rivera. “Con él tenían una saña particular. Le dijeron que regresaba porque se había cubierto la cuota de delincuentes subversivos muertos ese día, pero que no tenga duda de que iba a ser sacado y fusilado por el Ejército. Le hicieron saber: ‘El Ejército te va a matar’”, contó Asbert. Y cumplieron.
A mediados de mayo, los carceleros, entre los que se mezclaban militares, policías y gendarmes, les hicieron saber que habían fusilado a Miguel Angel Moze. “Quienes sobreviviéramos daríamos testimonio de las vejaciones”, dijo ese hombre macizo, implacable y su voz no pudo mantener el ritmo: “Hoy finalmente vengo a dar cumplimiento a ese compromiso”. Se sobrepuso a la congoja y siguió. La sala se estremeció en silencio.
Asbert desgranó la organización y la paciencia con la que perfeccionaron la forma de comunicarse y pasar información. El asesinato de Raúl Augusto Bauduco, quien golpeado hasta la extenuación no pudo pararse y fue fusilado. El estaqueamiento de René Mucarsa hasta que muere, el homicidio de la hermana de “El Pájaro” Rosetti se fueron hilando en el testimonio de Asbert. Los años transcurridos no habían borrado la vivencia del horror y menos la necesidad de justicia.

Futuro

El cuarto intermedio actuó de bálsamo. “Es direguntó un cronista.
–Significa todo, la dignidad de este país en particular. Estos juicios demuestran que la sociedad no se rompe, sino que se vertebra mucho mejor. Es el resarcimiento de las víctimas que por años de vigencia de las leyes de impunidad no vieron garantizado ese derecho. En esas circunstancias actuamos como instancia de la justicia universal, procurando la acción de la Justicia. Nosotros hicimos nuestro trabajo de acuerdo con la ley.
A su lado, la fiscal Dolores Delgado García, quien llevó adelante la acusación contra el marino argentino Adolfo Scilingo, asentía. El presidente del tribunal, Díaz Gavier, esperaba que la cohorte estelar de Garzón permitiera volver a la rutina de las audiencias, que se extenderán hasta diciembre para escuchar a 136 testigos. “La presencia de un hombre de trascendencia mundial, que logró la detención de Augusto Pinochet, implica una comprensión de la sociedad jurídica internacional al esfuerzo que está haciendo Argentina, al respeto del debido proceso. El proceso revela la crueldad que vivió la Argentina, que necesita superar realizando estos juicios”, concluyó Díaz Gavier.
Pagina 12.
http://san-fernando-mi-ciudad.blogspot.com/

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